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4.30.2011

Del porqué guardar las fiestas*

Cuando nos propusimos reunirnos durante la semana santa todo fue bien inocente y, como siempre, nunca nos decidíamos por el lugar en donde iríamos a dejar la materia verde.

Llegó el jueves y para salir del paso decidimos ir a comer a uno de esos restaurantes con menús promocionales para los fines de semana. Pasaron 2 horas y ya no teníamos nada que estar haciendo ahí. El instinto de vagabundear pudo más y nos retiramos a buscar un lugar más "alegre" para terminar la noche.

Como señal divina - y obvia debido a la fecha - todo estaba cerrado. Sin embargo, logramos encontrar un rincón de esos, que consecuentemente rebalsaba de gente. En efecto, ahí se escondía toda alma parrandera de San Salvador, entre otros especímenes de la fauna salvadoreña.

¿Qué encontramos? La vulgaridad del reggeatón en su máxima potencia y gente que lo bailaba como ritual previo de apareamiento.

Mentalmente me daba latigazos por no hacerle caso a la sentencia de mi madre de "guardar las fiestas" (Ok, no) y moría una y otra vez de la vergüenza ajena al oír cantar al unísono esas canciones que fácilmente me hacen sangrar los oídos con sus letras y estridente punchi punchi.

Yo sé, ¡quién nos manda! De esas experiencias que nadie queda invitado a repetir...


*Esta entrada llega tarde gracias al gentil patrocinio
del cúmulo de trabajo.

1.23.2011

Respuestas inesperadas

Conozco gente de mi edad que a sus escasos 21 – 22 años ya dicen sentirse viejos. A mí en realidad me da risa y cólera al mismo tiempo, pues siempre he pensado que no hay por qué estar añorando el ayer; es mejor dedicarse y ponerle empeño a los momentos que estás viviendo y a los que quedan por experimentar.

Teniendo en cuenta que tengo una hermana 11 años menor que yo, fácil sería sentirme vieja al ir reviviendo etapas a medida que ella va creciendo, pero sucede todo lo contrario. Mi experiencia me sirve para detectar sus rebuscadas mentiras, y como además pasé por las mismas aulas que ella y sé que las monjas son poco dispuestas a los cambios, también le descubro fácilmente si tiene que quedarse para X o Y cosa en el colegio (sí, a veces soy ese tipo de hermana fastidiosa).

No sé ustedes, pero en mis tiempos de colegio, que no fueron hace tanto tiempo (5 años atrás nada más), solo íbamos un día a la semana con ese uniforme, y si se nos ocurría por frío o por simple gana llegar en pants y tenis nos hacíamos acreedoras de un regaño de cualquier monja –ellas son así como raras–. Y siendo esta la primera semana formal de clases, me extrañó verla dos días con uniforme de Educación Física; luego de confirmarme que era porque de este año en adelante tendrían 3 horas a la semana de esa materia le repliqué “pero si cuando yo estaba ahí nunca nos dieron más de una hora por más que siempre las pedíamos”; muy linda, sincera y tajante me respondió: “En tus tiempos querida”.

Me calló de tajo y mientras caminaba de regreso a casa sentí el peso de mis años universitarios a punto de terminar… (XD)

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